El 31 de mayo de 2026, Vicente Urzúa, uno de los porteadores de EcoCamp Patagonia, participó en una expedición histórica. Alcanzó la cumbre del Cerro Paine Grande, la montaña más alta del Parque Nacional Torres del Paine, en la Patagonia chilena.
Muchos de nuestros porteadores también son apasionados montañistas. Cuando sus horarios de trabajo y el impredecible clima patagónico lo permiten, dedican su tiempo libre a explorar las agujas de granito y las paredes rocosas que rodean el Parque Nacional Torres del Paine.
Vicente Urzúa, nacido y criado en Puerto Natales en el año 2000, es uno de ellos. Montañista, guía y porteador en Torres del Paine, Vicente forma parte del equipo logístico que hace posible el W Trek Variante Brush, el Circuito Paine y nuestros programas W Trek. Ha escalado en Torres del Paine, en la Cordillera Blanca de Perú y en otros macizos de la Patagonia.
El 31 de mayo de 2026 formó parte de la sexta expedición de la historia en alcanzar la cumbre del Paine Grande. Un acontecimiento que llamó la atención de la comunidad local y de diversos medios de comunicación debido a su relevancia histórica.
El Cerro Paine Grande no destaca por su altura, su cumbre alcanza aproximadamente los 3.050 metros sobre el nivel del mar, sino por la combinación de factores que hacen de su ascenso un desafío excepcional: terreno alpino exigente, acceso complejo, condiciones meteorológicas extremadamente cambiantes y un elevado nivel de compromiso técnico y físico. No existe una ruta de senderismo sencilla que conduzca a la cima.
Alcanzar la cumbre implica desplazarse por glaciares, superar pendientes pronunciadas de nieve y hielo, avanzar por aristas expuestas y realizar escalada técnica. Diversos reportes recientes describen secciones casi verticales, con inclinaciones que varían entre los 60° y los 90°, muchas veces cubiertas por hielo inestable.
El Cerro Paine Grande ha sido escalado con éxito en cinco ocasiones reconocidas oficialmente: en 1957, 2000, 2011, 2016 y 2018. La primera ascensión a la cumbre principal fue realizada el 27 de diciembre de 1957 por los italianos Jean Bich, Leonardo Carrel, Toni Gobbi, Camillo Pelissier y Pierino Pession. Tras establecer un campamento de altura a unos 2.300 metros y realizar dos intentos, lograron alcanzar la cima.
Durante las décadas siguientes se realizaron numerosos intentos, aunque muy pocos consiguieron llegar hasta la cumbre. Uno de los ascensos exitosos ocurrió en abril de 2024, cuando Víctor Zavala, Data Analyst de nuestra empresa, alcanzó la cima en condiciones meteorológicas extremas. Sin embargo, debido al mal tiempo no pudo tomar fotografías y el dispositivo GPS permaneció con su compañero de cordada, que no logró llegar a la cumbre. Al no existir evidencia fotográfica ni registro GPS desde la cima, ese ascenso no ha sido reconocido por todos los medios especializados. Por esta razón, la expedición de Vicente es considerada oficialmente como la sexta ascensión exitosa al Paine Grande, y no la séptima.
Para Vicente y sus compañeros de cordada, alcanzar la cumbre de manera oficialmente reconocida representa un logro extraordinario. Además, los tres montañistas nacieron y crecieron en Puerto Natales, lo que convirtió esta expedición en un motivo de orgullo para toda la comunidad local.
A continuación, Vicente comparte su historia: cómo comenzó a escalar y cómo ese camino terminó llevándolo hasta la cumbre del imponente Paine Grande, la montaña más alta del Parque Nacional Torres del Paine.
“Comencé a escalar cuando tenía 15 años. Había probado la escalada algunas veces cuando era más joven, pero nunca la practiqué de forma constante. La primera vez que realmente escalé fue cuando un amigo me invitó al Cerro Dorotea, una montaña de 905 metros cerca de Puerto Natales. Ese día escalamos algunos bloques de arenisca y ahí fue cuando me entusiasmé de verdad.
Después empecé a entrenar en el gimnasio Boulder y en el recordado Chuma Boulder, que existía en esa época. Poco a poco fui comprando mi propio equipo y mi pasión por la escalada en roca fue creciendo. Al principio me enfoqué principalmente en la escalada deportiva, pero en 2018 ascendí el Cerro Almirante Nieto, una montaña cercana a EcoCamp Patagonia, gracias a una invitación de mi amigo Eduardo Canales, de Red Point Hostel.
Ese fue el momento en que decidí involucrarme más en la montaña. Más adelante también realicé mi primer curso de escalada de varios largos junto a mi amigo Johan y Tola Señoret (reconocido escalador chileno que ha abierto numerosas rutas nuevas y que incluso logró escalar las tres Torres en tres días). Ese curso nos motivó a elevar nuestro nivel técnico y a probar rutas cada vez más desafiantes.
Comencé a escalar montañas cercanas a Puerto Natales, como el Cerro Tenerife y otras cumbres de la zona. Desde entonces me enfoqué cada vez más en el montañismo y en aprovechar las impresionantes paredes de granito del Macizo Paine. Creo que mi primera verdadera experiencia escalando granito fue en el Cerro Catedral, donde realizamos la primera ascensión chilena de la montaña.”
Foto: Juan, amigo de Vicente. Juntos realizaron la primera ascensión chilena al Cerro Catedral, en Torres del Paine.
Esta es la historia de Vicente Urzúa, día por día, en su camino hacia la cumbre del Paine Grande junto a su cordada.
La idea de escalar el Cerro Paine Grande no nació en 2026. Vicente llevaba años soñando con esta montaña, pero hubo un intento anterior que lo dejó dolorosamente cerca de la cima y que hizo aún más difícil olvidar ese objetivo.
Un año y medio antes, junto a sus amigos Felipe Aguilera y Franco Rojas, ambos trabajadores del Parque Nacional Torres del Paine, había llegado a tan solo 15 metros de la cumbre. Apenas 15 metros!
Lo único que se interponía entre ellos y la cima era un hongo de nieve frágil: una gran formación esculpida por el viento que se acumula alrededor de una arista o cumbre y que suele generar secciones inestables y sobresalientes. La nieve estaba poco consolidada, lo que hacía que los últimos metros fueran extremadamente técnicos y requirieran piolets con flukes, una pala y suficientes estacas de nieve para asegurar el avance. No contaban con ese equipo.
Para entonces, el esfuerzo físico también había pasado factura. Gravemente deshidratados y sin las herramientas necesarias para superar con seguridad el último obstáculo, tomaron la difícil decisión de regresar.
“Las ganas de volver siempre estuvieron ahí”, recuerda Vicente.
Esta vez, Vicente intentaría alcanzar el Paine Grande junto a una cordada diferente. En montañismo, una cordada es un pequeño grupo de escaladores unidos por una misma cuerda. Avanzan juntos por terreno expuesto o técnico, protegiéndose mutuamente y aumentando la seguridad tanto durante el ascenso como en el descenso.
Vicente y Ángel se conocen desde la infancia. Asistieron al mismo colegio en Puerto Natales y llevan años escalando juntos. Vicente destaca especialmente el talento de Ángel para la escalada en hielo: se mueve con confianza y naturalidad en terrenos donde otros podrían dudar.
Maximiliano se incorporó al equipo dos años atrás. El año anterior, él y Vicente ya habían compartido varias expediciones en la Cordillera Blanca del Perú, incluyendo ascensiones en La Esfinge y Urus Oeste, donde incluso abrieron una ruta juntos. Pero había algo más que hacía especial a esta cordada: los tres escaladores eran nacidos y criados en Puerto Natales, formados por los mismos paisajes patagónicos que ahora se preparaban para escalar.
Foto: a la izquierda, el Paine Grande con sus tres cumbres principales. La de la derecha corresponde al punto más alto del parque.
Este intento final comenzó a planificarse mucho antes de que el equipo pusiera un pie en la montaña. A mediados de mayo de 2026, Vicente, Ángel y Maximiliano ya estaban organizando la logística y afinando todos los detalles para la expedición.
Una semana antes del ataque a cumbre, Vicente y Ángel ascendieron a la Cumbre Bariloche, una de las cumbres secundarias del Paine Grande, para dejar parte de su equipo en la meseta. Transportar material con anticipación les permitiría reducir considerablemente el peso durante el intento definitivo.
El tiempo era un factor crítico. Debido a la elevada isoterma cero, necesitaban alcanzar la meseta durante las primeras horas de la mañana y descender antes de que el aumento de las temperaturas volviera las condiciones más peligrosas. Esta salida también les permitió estudiar la ruta, especialmente un largo mixto que combinaba roca y hielo. Lo que aún no sabían era cuánto cambiaría ese tramo después de las intensas nevadas que llegarían antes del intento principal.
Al final, todo dependía del clima. El 31 de mayo apareció como la única ventana realmente favorable y, desde el principio, esa fue la fecha que el equipo tuvo en la mira.
La expedición comenzó en el Sector Carretas, dentro del Parque Nacional Torres del Paine. Desde allí, el equipo recorrió 11 kilómetros de terreno relativamente plano hasta el camping del Refugio Paine Grande, cargando mochilas preparadas para una expedición de seis días.
Su amigo Agustín los acompañó hasta el refugio, transportando parte de la comida del primer día para que pudieran alimentarse bien antes de lo que estaba por venir.
El día 1 fue, sin duda, el más sencillo de toda la expedición.
Foto: Refugio Paine Grande, parte del circuito W en el Parque Nacional Torres del Paine
El pronóstico anunciaba una breve nevada durante la noche. En la práctica, la montaña recibió algo más de nieve de la esperada. Sin mucho más que hacer que esperar, el equipo permaneció en el campamento, se alimentó bien y se acostó temprano.
El objetivo era simple: descansar lo máximo posible y comenzar al día siguiente el ascenso hacia la meseta con toda la energía disponible.
La cordada partió al mediodía, pero la subida hacia la meseta fue difícil desde el primer momento. La nieve profunda acumulada ralentizaba cada paso. Gran parte del ascenso consistió en abrir huella, turnándose al frente para trazar un camino a través de nieve que, en algunos sectores, llegaba hasta las rodillas. El esfuerzo era constante y agotador. Llegaban empapados a cada tramo de la ruta.
Los largos finales de escalada mixta, normalmente técnicos pero manejables, habían cambiado por completo después de la nevada. La roca y el hielo quedaron cubiertos por nieve fresca, haciendo que el terreno fuera mucho más exigente de lo que habían previsto.
A los 2.260 metros de altitud, finalmente establecieron su campamento de altura. Antes de montar la carpa tuvieron que remover una gran cantidad de nieve y acondicionar una plataforma estable. Sin embargo, había un factor que jugaba a su favor: no había viento. En Patagonia, eso puede cambiarlo todo.
Esa tarde, el cielo se despejó antes de lo previsto. Cerca de las 21 horas, las nubes finalmente se abrieron y les permitieron contemplar su objetivo en toda su magnitud: la cumbre principal del Paine Grande.
Foto: campamento de altura a los pies de la cumbre del Paine Grande
Fue una jornada de concentración absoluta y emociones intensas. Todo pareció fluir de manera natural. Los tres montañistas se movían como una sola unidad, avanzando con determinación cada vez que la situación lo exigía. El progreso fue más rápido de lo esperado: desde el campamento de altura hasta la cumbre y de regreso, toda la jornada tomó 17 horas, de carpa a carpa.
La sección técnica comienza en el anfiteatro, al que se accede a través de un enorme canalón de 700 metros. En montañismo, un canalón es una canal estrecha y empinada que atraviesa una montaña y que suele utilizarse como ruta natural de ascenso o descenso. Los últimos 100 metros fueron los más exigentes, combinando hielo, nieve y roca en escalada mixta de hasta dificultad M3. Más allá de este punto, la ruta continuaba hacia los largos finales que conducen a la cumbre.
Los dos últimos largos se elevaban durante unos 60 metros por terreno casi vertical. Entonces apareció el obstáculo que Vicente recordaba demasiado bien de su intento anterior: el túnel de nieve.
Un hongo de nieve poco consolidado bloqueaba el último largo, convirtiéndose en el desafío final antes de alcanzar la cima. Esta vez, sin embargo, habían llegado preparados. Equipados con una pala y piolets con flukes, trabajaron cuidadosamente sobre la nieve inestable, abriendo el túnel y avanzando metro a metro.
El liderazgo se fue alternando durante toda la escalada. Ángel lideró cuatro largos, Vicente dos y Maximiliano uno. La rotación era constante: mientras uno avanzaba en punta, los otros aseguraban desde abajo, permitiendo que quien acababa de completar un tramo exigente pudiera recuperarse mientras otro tomaba el relevo.
Por eso una buena cordada es tan importante. Pero aún más importante es la planificación y la capacidad de ejecutar el plan como equipo.
Foto: ascendiendo el Paine Grande
Desde el punto más alto del Parque Nacional Torres del Paine, la cordada contempló la inmensidad del Macizo Paine. Ante ellos se desplegaban algunos de los hitos más emblemáticos del parque: La Fortaleza, el Cerro Almirante Nieto, las famosas Torres del Paine, el Glaciar Grey, el Cerro Balmaceda, Los Cuernos del Paine, el Valle Olguín y las cumbres nevadas que rodean el Valle del Francés. Más allá de ellas se extendía hacia el sur la inmensa masa del Campo de Hielo Patagónico Sur.
Cuando alcanzaron la cumbre, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte. Para Vicente, Ángel y Maximiliano, aquel momento fue diferente a cualquier experiencia que hubieran vivido antes: único, profundamente emotivo e imposible de olvidar.
Permanecieron apenas quince minutos en la cima. La celebración debía ser breve. Casi desde el instante en que llegaron, su atención se centró en el descenso y en la necesidad de avanzar antes de perder la luz restante.
La elección del 31 de mayo no había sido casualidad. Desde el principio, el equipo había identificado esa fecha como la mejor ventana meteorológica. Solo después comprendieron plenamente el simbolismo del momento: ese mismo día Puerto Natales celebraba su aniversario número 115.
La ciudad que vio nacer y crecer a los tres montañistas recibió así un homenaje extraordinario desde el punto más alto del Macizo Paine.
El descenso resultó incluso más complejo que el ascenso. Mientras bajaban desde la meseta, observaron cómo grandes placas de nieve se fracturaban y desprendían a lo largo de las terrazas. Durante la noche, el viento había formado placas de viento: capas densas y compactas de nieve que se acumulan sobre una pendiente y que pueden quedar débilmente adheridas a las capas inferiores, generando condiciones potencialmente peligrosas.
En la parte superior del canalón de 700 metros, Ángel tomó una decisión táctica. Descendió primero mediante rápel y, una vez alcanzada la última terraza, provocó deliberadamente el desprendimiento de una capa de nieve polvo inestable.
La avalancha resultante recorrió prácticamente toda la longitud del canalón, arrastrando la nieve suelta cerca de 700 metros cuesta abajo y eliminando gran parte de la acumulación más inestable de la ruta de descenso.
Después, el equipo descendió de uno en uno. Aproximadamente cada 100 metros, cada escalador buscaba una posición protegida, generalmente detrás de una roca, y esperaba la llegada del siguiente integrante antes de continuar. A mitad del canalón, las condiciones de la nieve comenzaron finalmente a mejorar.
Foto: evidencia de una avalancha en un canalón ubicado a la derecha de la ruta por la que descendieron. Ángel aparece en la fotografía de la derecha.
Alrededor de los 1.500 metros de altitud llegaron al anfiteatro y se permitieron la primera pausa realmente tranquila del día. Descansaron y compartieron un mate, la tradicional infusión profundamente arraigada en la vida cotidiana de la Patagonia.
Pero la montaña aún no había terminado con ellos.
La morrena, una sección de roca suelta y sedimentos dejados por el movimiento glaciar, había sido relativamente fácil de cruzar durante la subida. Ahora estaba cubierta por verglas, una fina capa transparente de hielo que se forma cuando la humedad se congela directamente sobre la roca. Casi invisible, el verglas puede convertir un terreno aparentemente seguro en una superficie extremadamente resbaladiza y traicionera.
Cada paso exigía máxima concentración hasta que finalmente alcanzaron el bosque, a unos 600 metros sobre el nivel del mar. Solo entonces sintieron que la montaña los dejaba partir.
Foto: vistas desde las alturas. En la primera imagen se pueden apreciar las tres torres de granito.
Desde Paine Grande les esperaba el mismo recorrido de 11 kilómetros de vuelta hasta el punto de partida, donde todo había comenzado seis días antes. Estaban cansados, pero sabían que la parte más difícil había quedado atrás. Agustín, el amigo que los había acompañado el primer día, los esperaba con su vehículo.
Desde allí se dirigieron directamente a la administración del Parque Nacional Torres del Paine para registrar oficialmente la ascensión ante los guardaparques. La expedición había concluido con éxito: la misión estaba cumplida y todos habían regresado sanos y salvos
Foto: escalando una de las paredes del Paine Grande
Al final, alcanzar la cumbre es solo una parte de la historia. Lo verdaderamente importante es regresar a casa de forma segura y sin incidentes. “Llegar a la cumbre y volver sano y salvo es lo más importante, porque el Paine Grande es una montaña increíblemente difícil y esquiva. Siento que, de alguna manera, la montaña tiene que escogerte; tiene que permitirte alcanzar su cumbre y regresar con seguridad”, comenta Vicente.
El Paine Grande es mucho más que una ascensión técnicamente exigente. Pone a prueba la preparación física, la fortaleza mental, la logística, la capacidad de interpretar condiciones meteorológicas cambiantes, la gestión del riesgo y la confianza entre compañeros de cordada, todo al mismo tiempo y durante varios días, en uno de los entornos de montaña más impredecibles de la Patagonia.
El hecho de que Vicente, Ángel y Maximiliano sean todos de Puerto Natales le otorga un significado aún más profundo a esta ascensión. No se trata únicamente de un logro personal. También es un homenaje a la ciudad y a la comunidad que los formó, al pie de las montañas que inspiraron sus vidas como montañistas.
Por sobre todo, Vicente espera que esta expedición pueda dejar un mensaje para quienes persiguen sus propios sueños:
“Luchen por sus sueños. Todo es posible, pero hay que trabajar duro para conseguirlo. No importa cuán lejanos parezcan; si siguen esforzándose, tarde o temprano llegará su momento. Y cuando llegue, la felicidad y la satisfacción son inmensas, especialmente cuando sabes cuánto trabajo y determinación hubo detrás para hacerlo realidad.”
Felicitaciones a Vicente, Ángel y Maximiliano por completar un desafío extraordinario y por regresar sanos y salvos desde la cumbre más alta del Macizo Paine!
Como mencionamos anteriormente en este artículo, Vicente trabaja como porteador en EcoCamp Patagonia.
Detrás de cada trekking de varios días existe un equipo dedicado a hacer que la experiencia sea más cómoda y agradable para viajeros. En EcoCamp Patagonia, los porteadores son una parte fundamental de ese equipo. Mientras los excursionistas avanzan por los senderos llevando únicamente sus mochilas de día, nuestros porteadores transportan el equipamiento necesario para las pernoctaciones entre los distintos campamentos.
Incluimos servicio de porteo en nuestros programas de trekking, incluyendo el W Trek de 5 días, el W Trek de 7 días, el W Trek Variante Brush de 7 días y nuestro programa de trekking más exigente, el Circuito Paine de 9 días.
Para cada huésped, el servicio cubre hasta 5 kg de equipamiento, incluyendo saco de dormir, sábana interior, bolsa estanca y alimentos adicionales. Esto permite a los excursionistas caminar con mayor comodidad, mientras su equipo esencial para la noche los espera en el siguiente campamento.
También hemos creado un video explicativo sobre cómo funciona este servicio, incluyendo qué recomendamos llevar en la mochila de día y qué artículos deben ir en la bolsa estanca transportada por el equipo de porteadores.
Once the guests hand over their equipment and begin hiking, the porters carefully organize and distribute the loads between the team to ensure the weight is balanced as evenly as possible. Any additional weight is registered and charged separately.
Una vez que los huéspedes entregan su equipamiento y comienzan a caminar, los porteadores organizan cuidadosamente las cargas y las distribuyen entre el equipo para equilibrar el peso de la manera más eficiente posible. Cualquier peso adicional se registra y se cobra por separado.
Aunque normalmente parten después que el grupo de trekking, los porteadores suelen avanzar rápidamente por los senderos y llegar al campamento antes que los excursionistas. Cuando los huéspedes llegan, su equipamiento ya los está esperando y el campamento está preparado, permitiéndoles cambiarse de ropa, instalarse cómodamente o disfrutar de una ducha caliente después de una larga jornada de caminata.
Y el equipamiento de los huéspedes es solo una parte de la carga que transportan. Cada porteador también debe llevar su propio equipo personal y todo lo necesario para pasar varios días en la montaña. Sus mochilas pueden pesar alrededor de 35 kg y alcanzar una capacidad cercana a los 100 litros.
Foto: nuestros porteadores listos para comenzar el primer día de un programa de trekking de varios días. Vicente aparece segundo desde la izquierda.
Moverse día tras día con este peso sobre terreno patagónico irregular y exigente, durante una temporada de trekking que se extiende por siete meses, requiere una extraordinaria combinación de fuerza, resistencia y preparación física. Los porteadores saben que cuidar su cuerpo es esencial para desempeñar este trabajo de forma segura y constante. Quizás por eso muchos porteadores se sienten naturalmente atraídos por la vida al aire libre. El senderismo, el trekking y el montañismo suelen ser mucho más que un trabajo: forman parte de quienes son.
Vicente es un ejemplo perfecto de ello.